Permítanme que hoy les hable del amor. Donde a veces no saber es el mejor modo de proceder, y estar equivocado, de alguna forma, era fruto de haber acertado. Déjenme que les diga, que no hay mayor vacío que saber que solo te sientes a ti mismo, ni mayor soledad que nunca saber a ciencia cierta que sienten los demás.
Siempre con benevolencia, se alimenta de nuestra independencia y genera necesidad. Y uno gana y otro pierde, o ambos pierden, o ambos ganan pero nunca es para siempre.
Discúlpenme si notan en mis letras un sabor agridulce, es parte de la esencia de su perfume. El amor. Justo en su justa medida, pues cada uno tiene su propio tamaño de corazón y todos, todos, manan sangre de pequeñas heridas nacidas en su interior.
Hace ya algunos años, se presentó. Le conocí junto a la chica más inaccesible a la que accedí y a quien fui enamorando. Poco a poco lo fue dando todo por mí, y yo por ella, que, de cualquier manera, siempre supe ser buen novio. La chica inaccesible perdió su facultad de acceder a los sentimientos del tipo más normal, y mi amor, si acaso existiera murió con la relación. Durante años, quien fue mi musa, quedó condenada a seguir sintiendo, impulsando actitudes inexplicables, notando punzadas por dentro, cuando, aún ya en la distancia, atacaba el recuerdo. Cambio todo por mi y eso no fue suficiente, creyó encontrar su alma gemela y a esta se la llevó lo corriente, lo rutinario. Asumió que la felicidad consistía en dar pasos hacia detrás y no luchar hacia delante y vino una y otra vez a buscarme, desangrándose, agrandado sus heridas.
El amor, justo en su justa medida. La siguiente vez que le viera decidió darme el papel contrario. No lo entendí ni acepte yo así, que es el mejor comienzo al interpretarlo.
Hoy, salgo a gatas del infierno donde habito mi musa y por el que entré yo del mismo modo. Sí salí fue por haber encontrado un equilibrio, una razón, un motivo para no seguir. Obtuve la respuesta de la musa muerta, enterrada años atrás en el jardín de la memoria, “Sí tu nunca lo hiciste a posta, a ella le paso igual, déjala marchar”.
Ocho años e invertido en aprender tan valiosa lección, estoy donde estuve ocho años atrás, en paz. Fui feliz y desdichado, me sentí amado, correspondido, sobrevalorado, dolido, siempre querido y respetado, a veces perdido o desorientado. Estuve a punto de dar la felicidad y años después de obtenerla, mas dí dolor, el mismo, que luego me recorriera.
Discúlpenme si hablo del amor, pues solo sé que hoy empieza.
PD: Lo siento Laura, cuanto me costó poder entenderte.


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